viernes, 5 de marzo de 2010

Ella

Son las cuatro de la mañana. Entra en un piso vacío del raval. Recorre el pasillo de azulejos descoloridos descalza, llenándolo todo de arena. Lleva unas 42 horas sin dormir, los párpados pesan como si fueran de plomo pero no puede ir a la cama todavía; se siente demasiado bien para desaprovechar ese estado en la inconsciencia y las sensaciones están demasiado frescas aún para dejar que alguna se escape entre los sueños. Así que se sienta en el comedor después de sacar de la bolsa un paquete de Chester sin abrir y una botellita de Unicum que cogió del mueble-bar de un hotel en Budapest, y con los ojos ya resignados a seguir abiertos va encadenando cigarros mientras siente ese sabor dulce y a la vez terriblemente ardiente del licor, que quema la garganta con textura de caramelo para intentar sentirse como en la playa.
Después de una hora se desmaya en la cama para amanecer a las 3 de la tarde del día siguiente sin saber muy bien dónde está. Come en Via Laietana, como si fuera la primera vez y camina hasta MarBella bajo el sol abrasador de las cuatro, dejando que la piel vaya subiendo de temperatura, sin dejar de mirar el mar que la espera de nuevo para intentar calmar su cuerpo inquieto, sin éxito.Y la tarde entera tirada en la arena, desnuda y mojada, cubierta de sal pero entre extraños y con una arena también extraña, no tan fina. Y si abre los ojos solo ve el cielo, del mismo color que esos ojos your pale blue eyes, linger on

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